El frío silencio de Bergman

Pues en este devenir frenético y absorbente al que nos tiene acostumbrado la actualidad política, Bergman (Igmar). La distancia necesaria para alejarse, el frío imprescindible que vino del norte.

En esta película, El silencio (1963) se encuentran no sólo dos tipos de personalidad, no sólo dos estereotipos (nada más impropio de este director), son dos maneras de vivir (y de sufrir), por eso el paso del tiempo y la mirada infantil adquieren tanto protagonismo. Una obra de arte que en cierto manera prefigura Persona (1966). Es un enfrentamiento seco (ni ácido, ni amargo), violencia despiadada a través de los silencios. Una trama hilvanada a base de miradas y de definiciones que pasan por el hijo, por un niño, que se convierte en algo más que un testigo, y sin el cual las dos protagonistas quedarían desdibujadas.

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Es la intelectualidad y la vida, como conceptos contrapuestos, antagónicos. Representados a través de Ester, una mujer fría, reprimida e intelectual y Anna voluptuosa, sensual y promiscua; alrededor de ellas, Eros y Tánatos, impaciencia, soledad, sufrimiento, dolor, euforia y temor; en un ambiente claustrofóbico y ajeno como es un Hotel.

Y el tiempo, que parece que pase a través de estas sensaciones y ahonde en la incomunicación.

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